martes, 19 de junio de 2012

LA SANTIFICACIÓN: REFLEJANDO EL CARÁCTER DE JESÚS


Siempre me ha impresionado la falta de santidad en la vida de la iglesia. Creo que todos hemos pasado por períodos en que la comunión con el Señor no parece estar del todo bien. Comenzamos a ser indiferentes hacia el pecado y, con el correr del tiempo, nuestra actitud hacia él se torna permisiva. Ya no nos incomoda, ya no nos molesta. Puede ser que de vez en cuando caemos en sí y pensamos “no puedo creer lo que estoy haciendo”, pero al mismo tiempo aparece otra voz que dice “relájate, disfruta, nadie te está viendo… vive la vida”.

Es cierto que una potente señal que confirma que somos hijos de Dios es el dolor y la incomodidad que causa el pecado cuando lo practicamos. Sabemos que el Espíritu Santo constantemente nos reprende y corrige y nos lleva a la santificación (Ro 8:9-11). Sin embargo, creo que debemos tener cuidado, pues esa incomodidad o esa tristeza no necesariamente pueden ser producidas por el Espíritu Santo. La Escritura nos dice que Dios ha esculpido en nuestra estructura su ley y que ésta ley nos acusa cuando realizamos algo contrario a ella (Ro 2:14-15). Todos los seres humanos, por ser criaturas de Dios, son confrontados con esta ley. Algunos la llaman consciencia. Ella se levanta como un poderoso centinela que nos reprende cuando contradecimos, sea de palabra, hecho o pensamiento, la ley de Dios. Es verdad que la consciencia ha sido oscurecida por el pecado al punto de ser muy difícil para el no creyente reconocer que esa ley es obra del Dios Creador, pero el testimonio bíblico nos dice que ella está presente, que no podemos huir de su constante reproche.

La ley de Dios impresa en nuestra estructura nos acusa o nos defiende de acuerdo a si actuamos o no de conformidad con ella. Ahora es bueno preguntarse: ¿Cómo puedo saber si la tristeza por pecar es fruto de la ley de Dios impresa en mí o si es el Espíritu Santo quien me incomoda? Puede parecer simplista la pregunta, pero ella tiene implicaciones eternas. Si sólo soy acusado por mi consciencia de mis pecados, pasaré por momentos de verdadero remordimiento, pero nunca seré llevado al arrepentimiento, pues este último es un don de Dios. Si sólo experimento remordimiento, cosa que todo ser humano puede experimentar, eso no significa que soy un hijo de Dios. El hijo de Dios vive en arrepentimiento, confesando cada día al Señor sus pecados. Pero no sólo eso, sino que también él desea vivir una vida de santidad. Quiere ser conformado a la imagen de Jesucristo, ya que Él es su Señor y Salvador.

La santificación es una de las doctrinas más enfatizadas, pero es una de las menos conocidas. Por lo general los cristianos hablan de ella citando textos tales como Levítico 11:44: “Porque yo soy Jehová vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo…” (cfr. 1 P. 1:15-16). Muchos saben que es un imperativo bíblico y, ciertamente, muchos luchan por cumplirlo. Es aquí donde varios caen en el perfeccionismo, que no es nada más que una careta del legalismo.

Lo primero que tenemos que saber es que la santificación es una doctrina, eso es, es una verdad bíblica, es una declaración que la Escritura Sagrada hace. Hay quienes no les gusta eso y dicen: “la santificación no es una doctrina, sino que es vida”. Por más bonito que esto suene, no es verdad. La santificación es una de las doctrinas de la gracia, una doctrina que ocupa un lugar en el cordón de oro de la salvación.

La Confesión de Fe de Westminster señala lo siguiente:

Los que son llamados eficazmente y regenerados, teniendo creado en ellos un nuevo corazón y un nuevo espíritu, son santificados más y más, verdadera y personalmente, a causa de la virtud de la muerte y resurrección de Cristo, por la morada de su palabra y Espíritu en ellos: el dominio de todo el cuerpo del pecado es destruido, y las varias concupiscencias de él, son mortificadas y debilitadas más y más; son vivificados y fortalecidos progresivamente en todas las gracias salvadoras para que puedan practicar la santidad verdadera sin la cual nadie verá al Señor[1].

La Confesión de Fe describe a la santificación como una doctrina de la gracia. Ella precede en orden lógico (no cronológico) a la regeneración, a la conversión y a la justificación y, antecede, a la glorificación. Ella es fruto de nuestra unión con Cristo, unión que es operada por el Espíritu Santo. Es el mismo Espíritu quien nos capacita, entonces, para “practicar la verdadera santidad sin la cual nadie verá al Señor” (He 12:14). Abraham Kuyper escribiendo sobre el asunto dice:

“Por amor a la claridad del entendimiento y procedimiento más seguro, nosotros debemos volver a la enseñanza precisa de que la santificación es una doctrina, una parte integral de la confesión, un misterio, de la misma forma que la doctrina de la reconciliación, y, por tanto, es un dogma. En verdad, en el tratamiento de la santificación, nosotros penetramos justamente en la esencia de la confesión, el dogma que destella en la doctrina de la santificación”[2].

Entender que la santificación es una doctrina no implica que ella no goce de aplicación práctica para la vida del creyente. Cada doctrina bíblica nos presenta un desafío existencial, ya que no se trata de frías formulaciones intelectuales, sino que son verdades transformadoras que tocan todo lo que somos. Sin embargo, olvidar que ella es una doctrina y caracterizarla con el adjetivo “vida” es deformar lo que la Biblia nos dice sobre ella.

Si la santificación es una doctrina, ¿qué debo saber sobre ella? La respuesta a esta pregunta determinará lo que haremos en la práctica.

Primeramente debemos saber que hay dos aspectos importantes de la doctrina de la santificación que no pueden ser olvidados: (1) Los creyentes poseen una nueva identidad en virtud de su unión con Cristo. Por esta unión el creyente ha muerto para el pecado (Ro 6:4); (2) Esta nueva identidad no significa que el creyente este libre del pecado en esta vida (Ro 7:14-20).

Nuestra unión con Cristo es fundamental. Es en virtud de ella que disfrutamos de todas las promesas que Dios ha hecho en Cristo. De esta unión fluyen ciertas implicaciones. Siguiendo a Sinclair Ferguson[3] podemos decir que:

1.      En Cristo, el reinado del pecado terminó y ahora los creyentes son muertos para el pecado (Ro 6:11).
2.      El pecado no puede reinar más existencialmente, ya que él no tiene más autoridad sobre el creyente (Ro 6:12).
3.      El creyente no debe permitir que su cuerpo sea ofrecido en servicio mercenario al pecado, inducido por los placeres inmediatos que ofrece (Ro 6:13).
4.      El creyente se debe entregar deliberadamente al Señor como alguien que reconoce su nueva identidad, como alguien que fue “traído de la muerte para la vida” (Ro 6:13).

Vemos que la unión con Cristo coloca al creyente en una nueva condición. El pecado ya no reina en él, por tanto, no debe someterse a sus deseos y ni servirlo como antes lo hacía. El pecado no tiene autoridad sobre el cristiano, pues ya no es más su esclavo.

Si bien es cierto que la Escritura afirma categóricamente nuestra nueva condición, también es cierto que ella describe el conflicto que permanentemente afecta al cristiano. Pablo lo expone de la siguiente forma:

Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro (Ro 7:22-25a).

Hay tres elementos importantes que debemos sacar como enseñanza de este texto: (1) Un deleite interno (v.22); (2) Un dilema interno (v.23-24); y (3) Una liberación interna (v. 25a).

(1)   Un deleite interno: Lo primero que Pablo dice es que en el hombre interior él se deleita en la ley de Dios. El hombre interior significa lo que Pablo es en su ser más íntimo, lo que corresponde al centro de su personalidad. Es aquí donde Pablo siente la mayor alegría de servir a Dios y existe un profundo deseo por vivir guardando Su Palabra y sometiéndose a Su voluntad. La expresión “me deleito” es de una profunda importancia. No se trata de un simple agrado, es más que eso, se trata de un placer máximo. Esta es también la experiencia de todo creyente verdadero. En el íntimo de su ser quiere servir al Señor y se deleita en hacerlo. En su ser íntimo el creyente quiere agradar a Dios en todos los aspectos de su vida y ama obedecer sus mandamientos.

(2)   Un dilema interno: A pesar de que Pablo se deleita en la ley de Dios en el hombre interior, obedecer dicha ley es algo diferente. Pablo ve que existe “otra ley” en él. Esta ley contradice a la ley de Dios. Por “otra ley” debemos entender una especie de principio compulsivo que fuerza a Pablo a actuar de forma diferente a la que él desea. Es importante decir que Pablo no está diciendo que la materia en sí es mala, sino que afirma que las fuerzas del pecado actúan en el cuerpo material. La “otra ley” está en abierta oposición a la ley de la mente. Aquí la idea de conflicto es importante. Pablo sigue luchando, él no se ha rendido a los poderes de la carne. El hecho de que diga que esta ley se opone a la ley de la mente manifiesta el lado intelectual de su lucha. Pablo apunta para el centro de la voluntad, para el intelecto, de donde todas las acciones y deseos surgen (lo que en la Escritura también se conoce como corazón). Es allí donde se traba un conflicto permanente. Este dilema interno afecta a todos los cristianos. Si bien los cristianos desean con todo su corazón servir a Dios y obedecer su Palabra, muchas veces se ven forzados internamente a desobedecer. Esta fuerza, no es externa, sino que interior. Ella milita violentamente contra el deseo de agradar a Dios. Es una lucha entre “querer hacer el bien” y el “no hacerlo”. Al igual que Pablo, el verdadero creyente no desiste. A pesar de ser muchas veces derrotado, el cristiano sigue luchando, ya que esta realidad no es una excusa para pecar diciendo “nada puedo hacer”.

(3)   Una liberación interna: Frente al triste conflicto interno Pablo pregunta: “¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”. Lo que nos puede parecer una pregunta retórica cuya respuesta sería: “¡Nadie!”, obtiene una maravillosa respuesta en el verso 25: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro”. La victoria la da el Señor por medio de Jesucristo. Dios en Cristo ha suplido todas las necesidades de los creyentes (Fil 4:19). Claramente las palabras de Pablo manifiestan una gratitud por la liberación que el Señor ha operado. Ahora, ¿la liberación a la que Pablo se refiere es presente o futura? Ciertamente la liberación que hoy experimentan los creyentes es parcial. Aún falta para aquel día glorioso en que finalmente sus cuerpos serán glorificados y transformados completamente a la imagen de Cristo. La confesión de Westminster dice sobre el tema: Esta santificación se extiende a todo el hombre mas es imperfecta en esta vida, pues quedan todavía algunos restos de corrupción en toda parte del mismo hombre, de donde nace una lucha continua e irreconciliable, la carne codiciando contra el espíritu y éste contra la carne. En esta guerra, aun cuando los restos de corrupción prevalezcan por un tiempo, por el auxilio constante de la fuerza del Espíritu santificador de Cristo, la naturaleza regenerada vence al fin, y así los santos crecen en la gracia, perfeccionando la santidad en el temor del Señor”[4]. Vemos entonces que hoy recibimos auxilio del Señor para crecer en santidad y, al final de los tiempos, en la consumación del plan de Dios, los santos serán transformados. Preciosa verdad es ésta: El Señor es nuestro auxiliador y en Él tenemos poder para avanzar.
Como podemos ver, vivimos un conflicto permanente en esta vida. Por eso Martín Lutero hablaba del creyente como “justo y pecador”. Somos santos, pero aún pecadores. Hemos recibido un principio de nueva vida y el Espíritu Santo nos santifica día a día, vivificando nuestro ser y renovando el hombre interior.
La doctrina de la santificación es preciosa. Nos habla de lo que Dios ha hecho por nosotros y de lo que hará. Sólo en Él tenemos el poder para avanzar, en Él está el poder para vencer el pecado. Necesitamos, entonces, aferrarnos al Señor y suplicar que Él nos capacite cada día para crecer en santidad.  


[1] La Confesión de Fe de Westminster, XIII, I.
[2] KUYPER, The Work Of The Holy Spirit, pág. 442-443.
[3] FERGUSON, The Holy Spirit, pág. 207.
[4] La Confesión de Fe de Westminster, XIII, II-III. 

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